Dario Calderon, Buenos Aires - Poeta y Periodista
Eran las 6:00h de la mañana. La traffic blanca, modelo 98, del padre de mi compañero ya estaba en marcha. Vestido de jogging, sin peinar, con gorra y escoltado por mi compañero, su padre y el mío emprendí lo que sería una mañana en el mercado ilegal más grande la argentina: La Salada.
Mi ánimo no era el mejor, debo admitirlo. No soy una persona de prejuicios pero era consciente de que el lugar al que por primera vez iba, era un lugar con muy mala reputación. A medida que avanzábamos por la panamericana mi curiosidad crecía, de la misma manera, mi nerviosismo.
Exactamente 55 minutos fue lo que estuvimos en esa traffic blanca hasta que conseguimos un lugar para estacionarnos en éste pseudo shopping ubicado en Lomas de Zamora. El clima se había vuelto horrible, una espesa niebla cubría todo el lugar, el hedor proveniente del cercano riachuelo era imposible de evitar y la inquietud comenzaba a crecer en mí y en mis acompañantes.
Al entrar, si así puede decirse ya que el lugar no tiene ninguna entrada fija, miles y miles de puestos vacíos en su mayoría, por la temprana hora a la que arribábamos al lugar, ocupaban éstas tierras sin pavimentar, sucias y sin cuidado aparente por parte de nadie. El camino era de tierra húmeda. Piedras, botellas y chapitas de cerveza lo decoraban haciendo de éste camino un lugar más colorido pero a la vez más incómodo de transitar.
A medida que caminábamos, más y más puestos comenzaban a organizarse para otro nuevo día de trabajo, ya no eran ese junte de alambres y cuerdas de un principio, sino que se iban adecuando para almacenar su mercadería, ya sea comida, ropa o productos de electrónica.
Gente humilde de múltiples nacionalidades ocupaban cada puesto. Las mujeres generalmente con sus hijos y/o hijas se ocupaban de atender a la clientela que de a poco y en camiones o buses en pésimas condiciones llegaban al lugar.
Pareciera no haber prejuicios entre esta gente, cada cual mediante abrazos, besos y apretones de manos saludábanse unos a otros como si hubiesen sido amigos toda su vida. Esto sin duda marcó mi forma de ver el lugar, ya que en mi cabeza empezaba a darme cuenta que no es todo como me lo habían mostrado, había más y justamente este “más” que no conocía, era algo positivo.
Entre caminatas, preguntas, múltiples ofertas y cientos de changos con ropa que llegaban a cada stand, se hicieron las 10 de la mañana. La gente en el lugar se había triplicado. Clientes de todos credos y colores ocupaban los puestos comprando, preguntando u ofreciendo para vender su mercadería. La Salada comenzaba a ponerse interesante…
Olores de churros, medialunas, chipá, pan recién hecho habían formado una nube de olores imbancable. Imagínese lo que era esta nube sumada al olor fétido del riachuelo con el humo de los camiones y alguna que otra parrilla que comenzaba a prenderse para encarar el mediodía, el resultado, una pestilente atmósfera que envolvía de manera no grata para nadie, este shopping marginal de zona sur del Gran Buenos Aires.
Se acercaban las 12 del mediodía y la temperatura comenzó a subir. Con el calor, el aumento de cantidad en la clientela y los múltiples olores, mis compañeros y yo comenzamos a desesperarnos. El hedor del lugar había superado todo aquello que alguna vez en mi vida había tenido oportunidad de oler, a aquella horrible orgía de olores que había sufrido hace unas horas ahora había que sumarle el olor a guiso y locro en vivo y en directo. La cabeza comenzaba a dolerme.
Deambular por éste lugar al mediodía se había vuelto más que dificultoso, comenzaba a tardar 30 segundos aproximadamente para atravesar estos coloridos y diversos locales y créame, caminar a tan lento paso por éstos lugares no es grato, tanto por los “pungas” como por los que te quieren vender a toda costa un buzo Adidas con 4 líneas queriéndote convencer de que es original.
El caminar era pésimo, mi cabeza me dolía y la cumbia colombiana resonaba fuertemente en cada stand. Éstas fueron las circunstancias en la que encontré a la persona que buscaba, a la persona a la que realmente había ido a buscar para observarla y a la que ansiaba por entrevistar, la famosa Barbie de La Salada. Una mujer alta, rubia, esbelta, con curvas admirables y una sonrisa hermosa pero tan falsa como los productos que auspiciaba allí adentro. Créame si no fuera porque se la asocia directamente con La Salada, más de algún ricachón ya le hubiera querido hincar el diente. Es una mujer físicamente hermosa, plástica pero hermosa, carismática y rebosante de vida. Decidí no hablar con ella, preferí observarla. Como quién dice “una imagen vale más que mil palabras”, y así se dio. La observé por unos 15 minutos. Vestida con un jeans ajustado y una remera blanca con una corona dorada que brillaba bajo el sol ella caminaba como una celebrity por el lugar. Nada parecía importarle, caminaba como si fuera lo que realmente es, su casa.
Piropos llovían-le de todos lados, ella contestaba solo con una risa y un modesto “gracias”. Lo que no todos saben, por lo menos eso parecía, es que aquella mujer por la que muchos morían en el lugar, estaba casada. Si, hace 22 años. Ella comentaba con un hombre que la adulaba que solo tenía ojos para él, que lo amaba y que jamás en su vida lo dejaría ya que él la había apoyado siempre en todos sus buenos y malos momentos. Como cuando participó de una mesa con Mirtha Legrand, como cuando fue diagnosticada de cáncer de mama. Exacto. Así fue. Sin tapujos ella lo dijo, sin importar lo que cualquier otra persona en el lugar pudiera pensar u opinar. Su hablar era fluido, a diferencia de otros dueños de locales, ella tenía un léxico más formal para comunicarse ya sea con sus pares como con desconocidos. Claro está, sin altitud altanera ni nada de eso, siempre con respeto y muchísima buena predisposición. Así era ella o así se mostraba, era una mujer linda pero con carácter y como quién dice, con calle.
Fue extraño solo observarla, ya que a medida que la miraba hablar con aquel hombre, decenas de preguntas de todo tipo aparecían en mi mente. Pero decidí, dejarla, seguir adelante y continuar por mi recorrido en aquel fétido y colmado mercado.
Las 13 horas en punto daba el reloj de mi celular. Podría afirmarle mi buen lector, que el lugar se había vuelto un hormiguero lleno de gente ansiosa por comprar productos que en locales oficiales o shoppings no puede. El aire viciado, el olor a distintos tipos de comida y los mil quinientos temas distintos de también distintos tipos de cumbia habían hecho para mí y mis acompañantes un cóctel impasable, en éste momento fue donde decidimos dejar el lugar.
Seis horas habían pasado desde ese momento en el que bajé de la camioneta hasta que decidimos marcharnos de éste mercado de diversas nacionalidades. El resultado a mi entender fue bueno a pesar de todo lo que había tenido que soportar por entrar en éste mundo. Si usted me pregunta “Volvería a ir?”, yo lo respondo que sí, pero ésta vez no solo a observar sino también para adentrarme más en este llamativo mundo suburbano y por qué no, comprar algún que otro producto de esos que cuestan tanto para la clase media en Argentina.